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El concubinato, factor de cambio social.

El concubinato fue en alguna época, la vergüenza mayor, un tema polémico que era visto casi con desprecio.
Aún en estos días de amoralidad encubierta y liberalismo rayano en el libertinaje, sigue siendo un tema tabú, del cual nadie habla. "De eso no se habla" como diría una frase popular. Sin embargo, su relevancia es de una escala enorme, que por ser desconocido e ignorado; no deja de ser casi paradójico.
Todos los días se toma a la ligera el hecho de la sexualidad desesperada de la gente, mujeres y hombres en igual exhibición, buscando afanosamente encuentros sexuales; en una especie de ritual de caer en la inconsciencia, de "quemar las naves". En un colectivo frenesí, nadie se detiene a analizar lo que sucede, como si el pensamiento de manada contagiara todas las mentes. Es curioso, por eso mismo, que el hecho del concubinato, que es un "matrimonio de hecho", y a su vez, cimiento de una nueva familia, sea descartado como realidad y disminuida su importancia en la sociedad.
Lo cierto es que ni siquiera existen estadísticas del porcentaje cuantitativo de parejas constituidas legalmente y parejas constituidas de hecho.
La cuestión de la falta de apoyo común a esta forma de relación sentimental está profundamente enlazada a ritos antiguos, conveniencias económicas y una negación de ciertos aspectos del comportamiento humano actual.
Desglosando estos tres puntos, descubrimos que el meollo del asunto del aparente rechazo general son varios puntos obscuros, de conveniencia y costumbrismo.
Socialmente hablando; la pareja que se constituye en concubinato no busca la conformidad de la sociedad en que se encuentra, pues no realiza los "rituales" preestablecidos para ser conocidos como pareja, (lo que conocemos como fiesta de casamiento), en donde participan los allegados a los enamorados, dando su aprobación con su concurrencia de tal decisión. Esto aparenta ser irrisorio, pero de alguna primitiva manera, es así.
Rompe también con las cuestiones monetarias de la pertenencia de los bienes, ya que sin papeles legales de por medio, cada componente de la pareja toma las decisiones del manejo del dinero individualmente, y la condición "sine qua non" entre ambos es simplemente la mutua confianza, lo que genera temor en quienes se apoyan en las tradiciones y reglas conocidas.
Sin embargo, estos son escollos relativamente fáciles de esquivar, y en general las personas actualmente lo ven como una variante más de unión matrimonial, sin oponer mayor resistencia.
El Estado a su vez, pierde control, utilidad y validez ante la población, pues no refrenda con su apoyo la legalidad de dicha unión (casamiento por civil). Esto mismo además, demuestra la triste debilidad de las leyes, que inútiles y confusas en una época de caos e indiferencia, solamente estorban y sirven para alimentar la burocracia; y la ratificación del compromiso de vida, se diluye ante la facilidad del divorcio, que las mismas leyes otorgan.
Con la religión ocurre otro tanto, pues si la iglesia da consentimiento al divorcio "autorizado eclesiásticamente" de ciertas personas de alta alcurnia, lo de "no separe el hombre, lo que Dios ha unido" se convierte en una contradicción penosa; perdiendo toda credibilidad en su función.
He aquí donde la afluencia de todos esos factores demuestran que la pérdida del valor legal y religioso de la tradición del casamiento tiene basamento en la falta de certeza, validez y continuidad de esas tradiciones. Pero estos factores no son determinantes, pues la seguridad y protección ("contención emocional") que implica para los componentes, su unión en pareja, si bien pierden sus puntos de apoyo en las instituciones,  es en la misma sociedad, tan voluble y cambiante, donde no encuentra un puesto concreto. Familias divididas, noviazgos desechables, divorcios a granel, comprenden un panorama desalentador para quienes buscan una relación estable, un compañerismo durable, un caminar de a dos por la vida.
Nadie puede asegurar el amor eterno o la relación perfecta, pero en cierto modo, en la ultima parte del siglo veinte y en los albores de éste; jamás fué tan frágil y tan vapuleada la conformación familiar como núcleo primario social.
Es de allí que surge como alternativa el concubintato, dejando a un lado las formas comunes.
A su vez, nos muestran una evolución casi anárquica de las relaciones humanas, que descreídas de los modelos de comportamiento impuestos, buscan el concepto de familia, hogar, amor y compañerismo lejos de todo papelerío técnico, bendiciones y complacencia social.
Como dato alusivo: en Argentina es posible que más del 60% (y estoy desestimando la cifra) de las parejas sean concubinatos. Y éstos, en general, de larga data, y no como el concepto (o pretexto inicial) lo llama "prueba de convivencia", de meses a uno o dos años. Sólo basta con preguntar a los conocidos quienes están "en pareja" (concubinato), casados o divorciados. Un pequeño sondeo muestra que "de lo que no se habla" directamente, es en realidad un fenómeno social de gran repercusión.
Un cambio sutil de las convenciones, que como un árbol, ha crecido de a poco hasta abarcar gran parte de la población. Incluso se han generado otras búsquedas paralelas de formas equilibradas de convivencia, que están aumentando silenciosamente, como ser los triángulos (pareja de tres) que se fundamentan en la armonía, más que en el sexo, como pensaría el vulgo.
De todo esto podemos observar y comprender que la sociedad ha evolucionado lentamente alejándose de ciertos estamentos establecidos, y ha mutado la decepción ante la destrucción de las instituciones conocidas, en esperanza puesta en la pareja sin convencionalismos, y a su vez en el altar primigenio de la familia.
Cabe preguntar, como final de este desarrollo y análisis del concubinato, de qué otros modelos de pensamiento se irá liberando el individuo, en esta época de quiebre de las "grandes verdades de la civilización occidental".
Tal vez una senda más en los múltiples caminos del nuevo milenio.

Erica A.


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