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Bóvedas y salamadras en la
Ciudad de Vera de las Siete Corrientes

Arq. Andrés A. Salas


A raíz de mis investigaciones sobre la presencia de los túneles misteriosos en el viejo casco urbano local, recibí numerosos datos. Hasta narraciones fantásticas difíciles de creer.
Por eso tomé el tema cada vez con más aprehensión, para no convertirme en otro alucinado más y miembro de esa extraña cofradía o secta, de corte esotérico que intenta convertirme, acosándome con sus funambulescas proposiciones.
Cuando pidió hablar conmigo el conocido historiador paraguayo Fermín Hizabeth Talavera Ocampo, "Cepillo", para los amigos, por su pelambre; supuse que volvería a la carga con sus crónicos delirios sobre la vieja genealogía de los viejos apellidos comunes entre Asunción y Corrientes como los Casafús, los Díaz de Vivar o los Vera, motivo de sus desvelos y excusa para revolver archivos y espantar cucarachas.
Este hombre era un apasionado por esta región, su gente, sus historias y pecularidades que nos hermanan, y quizás por eso su afán de bucear literal y materialmente en la búsqueda de raíces comunes.
Pero me equivoqué. "Cepi" había cambiado sus preferencias.
Había empezado a estudiar sobre seres como los duendes o gnomos, y todo aquello entre imaginario o fantástico, más aún en el área guaraní donde abundan historias de pomberos, poras, lobizones yasí-yateré e infinidad de creencias similares. Lo realizaba como lo anterior, a ritmo lento pero continuado, acopiando e interpretando datos que recogía de diversas fuentes.
Parte de las explicaciones que me daba eran comprensibles y las discutíamos reazonablemente, pero la gran mayoría, lo reconozco, me superaban cuando comenzaba a hablar de Teogonías, lo Perlocutivo, las Sacralidades Crípticas o el frecuente Discurso Epifánico en su relación indudable con las Ciencias Heurísticas.
Insospechadamente el otro tema que "Cepi" me proponía era verificar y recorrer con él, un túnel del que aportaba documentación fehaciente hallada hacía poco en el archivo de Río de Janeiro, en un bibliorato equivocado, que databa de 1890, cuando continuaban los coletazos diplomáticos de la Guerra de la Triple Alianza, finalizada veinte años antes.
Inmediatamente me enganché con este buen amigo, coautor de algunos trabajos conmigo, que normalmente era un hombre tranquilo pero que ahora estaba notablemente acelerado presintiendo encontrarse en vísperas de descubrir algo trascendente, que seguramente le iba a cambiar la vida. Por eso su apresurado viaje a visitarme, posponiendo todo lo que debía hacer.
Una vez revisada la documentación, con mapas algo deteriorados, ubicamos el acceso al mismo por un extremo que ocupa actualmente el Convento de San Fransisco. Eso se desprendía de un plano firmado por un oficial de la marina brasilera M.C. Honorato, que indicaba la traza de un recorrido que nacía entre las calles Libertad y SudAmérica (hoy Quintana y Plácido Martinez), en esa misma manzana del Convento y con algunas "Explicaçoes" coincidentes con datos ciertos, lo que dió credibilidad a aquellos viejos papeles desordenados.
Recordemos como una de las tantas paradojas de esta ciudad que el Convento es de San Fransisco, pero la iglesia es de San Antonio. La misma, desde el siglo XVII fue cambiando de desplazamiento en esa manzana. Es decir, se construyeron sucesivos edificios, de los que inexplicablemente no existen testimonios en ningún archivo, tal como sucede con el resto de los templos de esta ciudad.
Siempre se caracterizó por la altura de su torre, como lo atestiguan las conocidas acualeras de Ouseley y Vincent, del siglo pasado, tan divulgadas. Las dos torres actuales, que recién aparecen en un grabado de Bossi de 1863, reemplazaron a aquella solitaria y componen con una columnata inspirada en la de Bernini de San Pedro en Roma, un curioso acceso que llama la atención en el resto de la silueta del convento. La primitiva manzana, con los años, sufrió la amputación de algunos lotes, que pasaron a manos privadas y finalmente la aplicación en 1990 de un extenso y polémico mural en su contrafrente.
Entonces se podía acceder por una propiedad en venta y vacía. Conseguimos las llaves en la inmobiliaria, llegamos y descubrimos un sótano al que con los años se le había bloqueado la tapa de acceso, que finalmente apareció exhibiendo su clásica argolla de hierro, muy oxidada.
Luego de reanimar a "Cepillo" que se había desmayado al ver la argolla, decidimos replantear toda la estrategia, hasta entonces sólo una posibilidad. Manteniendo la reserva del caso, aún ante nuestros íntimos, decidimos iniciar al día siguiente la exploración anhelada, resolver sobre la marcha que y como hacer, si era cierto lo que intentábamos.
Equipados con algunas herramientas y un arsenal de amuletos para evitar ser víctimas de cualquier fuerza del mal imprevista, finalmente, un domingo al amanecer bajamos a ese sótano. Un recinto de 3 por 4 metros con un muro perimetral de 45 centímetros de espesor, aparentemente inexpugnable. Sin embargo, golpeando en él, detectamos el vano bloqueado, que era la entrada a una escalera descendente.
Por el tamaño de los ladrillos, la mezcla usada de cal sin cemento y el tipo de traba, ese cierre era seguramente de 1870/80 y muy evidente que la mano de obra era europea, por la prolijidad que se advertía en hileras y trabas. Sobre todo por el revoque interior que enmascaraba esa abertura de aproximadamente 1 metro de ancho por 2 de altura. Contrariamente a lo esperado, el aire subía fresco y gratificante. Algo de olor a palosanto, compensaba el tufo de nuestros ajos colgados de cintas rojas y del manojo de medallitas religiosas agregadas a nuestros sudados pescuezos.
Nos largamos escaleras abajo casi cinco metros debajo del sótano, es decir ocho menos del cordón de la vereda de la  calle. La construcción muy prolija con su piso de adoquines, (montevideanos en mi opinión) con un descanso un poco más ancho. El techo del túnel, salvo en los lugares claves de encuentros que tenían vigas gruesas de quebracho, era del terreno natural, que acusaba las huellas de un socavado con picos y palas. El frente de las vigas de quebracho, llevaba marcado una figura que en principio pensamos que correspondía a un yacaré, pero luego corroboramos que era de salamandras. Según "Cepi", un signo cabalístico, del signo elemental del fuego, que indicaba en ese recorrido, obviamente la autoría de la mentalidad particular, dentro de una idea estructural de todo aquello.
Esa escalera llegaba a un espacio oval de 15 metros cuadrados, y de allí siempre al mismo nivel el rumbo cambiaba 45º al SurEste. Durante 30 metros solo presentaba los nichos superiores para colocar faroles o velas y los conocidos buches laterales para facilitar los cruces tal como tienen los túneles de la Manzana de las Luces en Buenos Aires o los de Córdoba.
La solidez y prolijidad de lo recorrido, de aquella construcción socavada nos hicieron ganar seguridad, más aún cuando no se advertían filtraciones, rajaduras, insectos, roedores o murciélagos como es habitual en estos espacios catacumbarios.
Recordamos que las arquitecturas trogloditas, características de Andalucía, de Aragón y de Capadocia en Asia Menor, o las mortuorias de la península escandinava, eran similares. Dato relevante, pues entre los primeros pobladores conocidos en Corrientes, predominaban españoles de aquellos lugares. Al continuar por ese conducto finalmente desembocamos en una cúpula espectacular de diez metros de diámetro, que nos dejó petrificados por su escala, la perfección y por tener allí innumerables objetos distribuidos por el piso, también de adoquines y con dos plataformas elevadas en su centro, concéntricas, donde ellos se amontonaban, dejando un anillo perimetral de circulación.
Allí lo dejé a mi socio. Retorné unos metros, para recuperar algunas cosas que se habían caído de mi mochila. Fue cuando mi linterna quedó sin luz, obligándome a buscar auxilio en "Cepi". Lo encontré alterado, también iluminado con fósforos y me preguntó si me había chocado con un pequeño cura, un "fransiscanito" que entró detrás mío en ese breve regreso.
Decía "Cepi" que mientras él me veía entrar nuevamente por aquel túnel, de golpe; se había instalado en su boca un cura de tamaño reducido, no un cura enano, que entendiera bien, las proporciones de una persona adulta llevadas a una altura de cincuenta centímetros; que rengueaba. Ante su sorpresa le hizo diversos gestos, para él incomprensibles y luego una señal de la cruz. antes de seguirme. Realmente, aquellas palabras me pusieron mal, pues pensé que mi amigo había comenzado a desvariar. ¿En donde me había metido?, ¿estabamos todos "crazy"?
Fue entonces cuando intentamos trabajar con los detectores para conocer el contenido de los cajones, de gruesas tablas de palosanto labrado, origen de penetrante aroma, y los detectores estaban mudos. Con fósforos y unas velas, nos dimos cuenta que también se habían parado los relojes. Tampoco funcionaba el teléfono celular; tomamos conciencia de haber penetrado en algún campo magnético o bajo los efectos de fenómenos imprevisibles.
Antes de quedar a ciegas, habíamos podido constatar junto a los cajones imágenes religiosas, tallas de gran tamaño policromadas evidentemente de corte jesuítico, lo que era extraño siendo ese lugar de dominio exclusivo de la orden fransiscana (y muy anterior a la presencia de las misiones jesuiticas guaraníes de 1585). Algunos pequeños cañones montados sobre carros de madera, característicos de los bergantines holandeses del Siglo XVII, y restos de la proa de una nave vikinga, con gran cantidad de los cascos que usaban aquellos nórdicos, que habían originado aquella broma de "Bienaventurados los vikingos pues tienen los cuernos postizos". Vasijas cerámicas con monedas de oro y otros materiales componían el insólito aquelarre al que suponíamos emplazado bajo el crucero del templo, y componía una escenografía que rememoraba a Spielberg y sus jolivudenses enfrentamientos.
Con los pocos fósforos decidimos regresar, las palpitaciones a pleno, demudados pero felices de haber localizado aquel yacimiento desconocido. Comentabamos con "Cepillo" que ese momento era equivalente seguramente al que sintió Lord Cavarnon al encontrar la cámara secreta de Tutankamón, en 1922.
De golpe, muy bien iluminado, como si fuera fosforescente, apareció un curita. Según "Cepi" era el mismo de un rato antes, que claramente nos indujo a seguirlo por el túnel, hasta que se evaporó entre los muros laterales, previa su bendición y señalarnos con su bastón, que lo ayudaba en su renguera, el rumbo a seguir.
Luego de recorrer mas de cien metros, nos dimos cuenta de que habíamos entrado en otro túnel, y no la entrada, los que nos confundió y angustió, decidiendo detenernos a tomar unos mates, que portabamos en nuestras mochilas, y manducarnos los chipacitos, incorporados a último momento.
Esa pausa nos tranquilizó. Simultáneamente nos hizo recordar las cuevas de vizcachas y topos, que normalmente tienen varias bocas de entrada, de manera tal que era conveniente no retornar atrás y seguir adelante, como en ese cuento de Mark Twain, dado que seguíamos recibiendo siempre una corriente de aire fresco, pero ahora con olor a río. Trataba de explicarle a "Cepillo" que ese cura miní, o mitaí-paí nos deseara el mal y por el contrario seguramente nos sacaba de algún laberinto que nosotros no imaginábamos su escala y nos ayudaba a salir: su señal era muy clara.
Ya nos resultó imposible seguir graficando y midiendo. Sentíamos que podíamos quedar allí enterrados para siempre, de manera que perdimos la noción de la distancia recorrida y del tiempo trasncurrido, complicado ahora por los tramos curvos a recorrer que invariablemente llevvaban a recámaras más espaciosas. Cuando el piso comenzó a ascender, cambiaron las piedras por tierra firme gredosa, presentimos estar cerca de alguna salida. Efectivamente, luego de un tramo muy curvo, desembocamos en un sótano, y el muro lateral caído nos permitió ver el crepúsculo, (dado que estaba orientado al oeste) gratificarnos con el perfil de Corrientes y de su puente y contemplar las hierática y prehistóricas olerías del bajo, sobre el riacho "el Pasito".
El sótano pertenecía a un abandonado caserón ubicado en el Bañado Norte, como la casa del gatoparde, pero en ruinas. Nos permitió emerger por aquel local, con las paredes cubiertas de cadenas y grillos, que hacían zumbar a nuestros detectores, los famosos equipos importados Fisher, que había aportado mi amigo, "tecnología de punta", del "primer mundo", como me dijo cuando me los mostró aquella mañana. (Según "Cepi", eso indicaba claramente la presencia del alma aún en pena de numerosos prisioneros que con seguridad habían sido torturados y degollados amarrados a esos siniestros fierros.)
Nos abrazamos con "Cepillo", y luego cerramos con maderas y desechos nuestro túnel de salida, y allí comprobé el súbdito encanecimiento de mi amigo, junto con un palidez preocupante y la mirada fija.
Dejé a "Cepi" en el hotel y llamé a un médico amigo. Al revisarlo, después de tomarle el pulso y la presión, lo internó en una unidad coronaria con diagnóstico de infarto muy riesgoso. Luego de unos días de internación, sin llegar a hablar, compensado y estabilizado, la familia decidió trasladarlo a Asunción para su recuperación, la que no se produjo, falleciendo este buen amigo a los pocos días, como víctima de alguna maldición, pues tenía una salud de hierro y se cuidaba mucho.
Aquel presentimiento suyo que le iba a cambiar la vida, se le había cumplido, pero en demasía, pues había pasado para la otra, sin apelación.
Me quedé solo, con un tremendo peso encima y esperando mi propia "excomúnica", tal como lo indican las leyendas sobre los entierros y tesoros ocultos, la plata Yvyvy. Todo eso que yo conocía de momoria, pero solo en teoría. Ahora la realidad me estaba sopapeando con episodios cada vez de mayor intensidad.
Pero como pasó el tiempo y yo seguía igual, decidí retornar, entrando por el viejo caserón.
Cuando llegué aquella mañana allí, la presencia de numerosas topadoras terminando de nivelar la barranca para hacer un loteo, me convenció de lo infructuoso de hacer algo, más aún cuando el capataz me invitó a retirarme inmediatamente de ese lugar, sin escuchar mis razones.
Decidí volver. Ahora por la manzana de San Francisco. Cuando lo hice, sentí la espantosa mirada de aquel espantoso indio del mural, como furioso de estar ubicado sobre el viejo cementerio, conocedor que le iba a recorrer nuevamente las entrañas. ¡Estaría esperándome el franciscanillo! ¿Conocería como yo lo llamaba... el Mitaí-Paí ?
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Recordándolo al "Cepi", bajé con lentitud y cuidado por la conocida escalera de adoquines uruguayos. Llegué a la antecámara y tomé por el túnel, pensando llegar a aquella soberbia cúpula. Me sorprendió la suciedad acumulada en poco tiempo, como también la cantidad de ratas, cucarachas y el olor desagradable a rancio. Regresé, pero no había dudas: este túnel era el único que conectaba con la llegada a la escalera. Me desconcertó y empecé a sudar frío. ¿Eran túneles o laberintos? Q aquello era como los cuentos de Borges, con espejos y espacios mágicos.
Retomando ese pasadizo, llegué al corto trecho a un recinto reducido de baja altura que iluminaba y ventilaba casi 10 metros más arriba a cielo abierto, en un pozo calzado con quebrachos y craneos vacunos muy bien trabados. Un pozo calzado en la definición técnica de los ingenieros.
Recordando mis épocas de andinista en el Sur, hice una escalada libre por su interior trepando como un gato. REsultó más sencillo de lo supuesto, desembocando el extremo superior en la boca del aljibe del convento, donde me senté confundido, a caballo de su brocal, tratando de entender todo aquello.
En eso estaba cuando el grito del padre Ortolano, me agradecía que por fin había ido a arreglarle el reloj de sol, vecino al aljibe, y me preguntaba ¡como era que me había ensuciado tanto! (Ese arreglo, se lo había prometido durante largos años, al descubrir que el mismo estaba orientado hacia el sur, por algún operario ignorante y nunca me llegaba el día de hacerlo). Me faltó coraje para contarle la verdad y gracias al reloj, pude salir elegantemente del Convento, pensando también que nadie me hubiera creido la verdadera historia, entre cinematográfica o fantática.
Mucho después, cuando estaba diseñando el reloj solar urbano, de cinco metros de alto, a ubicar en una de las entradas a Corrientes por la ruta nacional 12, recordé que el reloj de sol se lo conoce como Gnomon, casualidad o causalidad con el gnomo que encontramos allá abajo; palabra de raíz común también al Gnosticismo, doctrina de los primeros tiempos del cristianismo y su relación con las catacumbas y como se iban acoplando con las teorías de "Cepi" con todo lo que seguía sucediendo.
Hoy entre atónito y desmemoriado, no sé bien si "Cepillo" vino o me contó esta historia antes de morir una siesta en Areguá. Hasta dudo si recorrimos aquellos túneles juntos, coincidiendo con aquel sacerdote franciscanito. O me confundo con el informe sobre ciegos de Sábato que leí hace treinta años y del que guardo sus cartas manuscritas. Para colmo la cara de aquel cura-gnomon, que no puedo olvidar es la reproducción de aquel famoso sacerdote franciscano sanador y rengo, recordado aún por muchos de sus pacientes, curados milagrosamente, que un cuarto de siglo atrás vivió allí, del que me mostraron una fotografía, guardada como una reliquia.
Todo eso fue real, sino ¡porque el Padre Ortolano siempre me recordaba mi aparición por la boca del aljibe sucio y transpirado, aún cuando él estaba internado grave, muriéndose en Santa Fé!
Sé que los de la secta troglodita sospechan de mi aventura y mis descubrimientos. Cada tarde me pasan mensajes por la FM Radioactividad. También cambió la conducta de mi perra Blanca, que desde entonces al llegar la medianoche nos angustia ladrando de manera diferente, coincidente con una pareja de ñacurutuces que a menudo se paran en el balcón y me miran fijamente.
Por algo aquellos colocaron una participación a "Cepillo" cuando murió en Paraguay, con el misterioso epígrafe de sus Profundos y Venerables Amigos de Corrientes. Me consta que mi amigo ignoraba a todos. Siguen consultándome. Muchas veces se hacen pasar por estudiantes de criminalística, u oficiales de policía que investigan reservadamente. También sé que mi último artículo en la revista del profesor Rial Seijo, desató más problemas con muchos de ellos y desde entonces interfieren mi teléfono o llaman y solo se escucha el silencio característico.
Afortunadamente cuento con el apoyo del curita gnomo. Las noches de luna gira en torno a la veleta de mi casa, acompañado de otros once cofrades, de apariencia jodones y en acompasadas rondas. No les reconozco sus facciones, pero con sus gestos y señales me transfieren su apoyo absoluto, emiten mensajes y presagios. Nos protegen de bandidos, corruptos, fariseos y tanta gente mala y desagradable que nos merodea. En realidad ellos son nuestra verdadera familia, y por más que nos digan que son espíritus locos, como el mío, me reconforta porque sabemos que solo se dejan ver por las personas que quieren y además cuando quieren.
Hoy me consuelo acariciando la medalla de oro del Departamento of the Army de EEUU de 1775, pieza que tomamos de una vasija en la cúpula y "Cepi" puso en mis manos, lagrimeando cuando lo llevaron en camilla a Asunción. Soy el único sobreviviente de esta investigación y quiero dejar alguna referencia para rescatar todo eso para el conocimiento de futuros estudiosos que tomen la posta. Quizás algún día emerja y nos aclare mejor ese pasado, escrito con tantas lagunas y misterios.
Mi sangre vikinga presiente muy próximas e insospechadas revelaciones.
Mucho antes que aquel Adelantado de bragueta se planteara la noche del 3 de abril de 1588 que hacía aquí en esta tierra enorme, anorme y bárbara, como dice Juan José, es clarísimo que estos paisajes y sus grandes ríos habían sido gozados por los adoradores de Odín.
Por supuesto, muchísimo antes también que el Almirante con su vigilia llegara a las Islas del Caribe en 1492, en las tres carabelas.
Desde entonces todo sigue oculto, esperando ser revelado para romper el prolongado letargo de esta mesopotamia guaranítica-capricorniana.
Gnomos y salamandras tienen la última palabra, en aquella cúpula y con aquellos túneles, que hicieron vivir y morir a "Cepi".

Taragüy, otoño del 96, al sur del Trópico de Capricornio.
A.A.Salas
Publicado en la revista "Amerindia"- pag 44 al 49
Corrientes Capital, Republica Argentina.


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